En la espera, está la recompensa

Recuerdo hace un par de años a una profesora preguntando ¿Ustedes creen que a todos los que hacen las cosas bien, les va bien?

Y enorme fue mi sorpresa cuando mis compañeros al unísono respondieron ¡No!

Me sentí como una niña cuando descubre que Papá Noel no existe, y es que el intentar hacer las cosas bien siempre ha sido la convicción que me ha sostenido en mi arduo caminar, y de pronto hay un grupo de personas diciéndome tácitamente, que todo en lo que he creído los últimos años de mi vida, no existe y si existe, no es verdad.

La sensación de estar sumergida en el mar, me abordó. Escuchaba el bullicio, pero no entendía bien lo que decían, lo que intentaban explicar.

Mi mente me llevó a los días complicados en los que me preguntaba ¿qué hice mal? Porque mi razón y mi corazón no encontraban el error, pero cuando sin entender sigues viviendo, pero sobre todo sigues apostando por lo que crees a pesar del resultado, tarde o temprano lo que tiene que ser, será.

Y el tiempo que no se detiene, que no se mide en tu esperanza y que se hace ocasional, un día se predispone a entregarte todo aquello que ya no esperas, pero que mereces. Que le da un significado a todas las lágrimas que un día te desbordaron el alma y que es de tal magnitud que terminas afirmando con plena sonrisa en el rostro: no creí que alguna vez esto me podría pasar a mí.

Pero cuando la inmensidad del premio deja de ser una novedad y tienes un tiempo de sosiego, relacionas toda tu entrega en el pasado y los días de gozo que experimentas en el presente, para convencerte que esto era lo que esperabas cuando te permitiste amar más allá de cualquier lógica, y no ahora que tienes todos los sentimientos relacionados aritméticamente, de modo que no das más de lo que recibes.

No digo que porque se merece no deba agradecerse, al contrario, uno debe dar gracias siempre, sobre todo porque entiendes que nada sucede cuando uno quiere, pues más allá de donde habita la justicia, vive el tiempo perfecto, aquel lugar en donde disfrutar del premio nos satisface, porque hay paz, porque hay un sentido de responsabilidad sobre él, para decirle al mundo (y a tu profesora), que hacer las cosas bien, sirve. El problema es la inmediatez que nos desborda, el problema es creer que lo merecemos todo en el momento en el que lo necesitamos, más allá de la razón, por simple conveniencia.

¿No se entiende lo que escribo? Yo sé. Intentando simplificar y ejemplificar, no es que todo nos salga mal, no estamos desamparados por la luz divina, ni el cielo nos ha dado la espalda. Es tiempo de esperar mientras vamos trabajando, mientras vamos amando nuestra vida, la de alguien más, la de muchos. Pero es ese tiempo el que nos desespera mientras va llenándonos de temores y de sonrisas vacías, y es ese tiempo el que nos empuja a perder la fe para terminar de convencernos que de nada han servido nuestras buenas acciones, o lo que hemos hecho por otros. Entonces terminamos confrontándonos con nosotros mismos y sin necesidad de espejo, le gritamos al viento que nuestros primeros intentos nos han enseñado (en nuestros limitados tiempos y en nuestra reducida paciencia) que ahora es preciso intentar todo, pero al revés, de modo que un día puedas afirmar frente a tus compañeros de clase, que a los que hacen las cosas erróneamente, también les va bien.

Me niego a consentir semejante disparate, defiendo mi causa porque soy consciente que puede pasar mucho tiempo para que la vida nos entregue lo que anhelamos y todo aquello por lo que hemos trabajado, pero sin temor y sin dudar, ese tiempo llegará.

Y escribo para ti ahora: “Que en el tiempo comprendes que es inevitable abrir las manos después de abrir el corazón; a veces no es simultáneo, tampoco inmediato, pero es una regla de vida en la debes creer a través de la fe.”

¡Confía!