Camino al vacío

Testigo es aquel que puede dar testimonio sobre cierta situación en concreto. ¿Cuántas personas en estos tiempos pueden ser testigos de matrimonios sólidos?

Todo aquel que se ha casado y sobre todo los que se han divorciado hablan de la convivencia como la prueba más grande que el amor puede atravesar, porque parece que todo se obstaculiza, que nada funciona, que ninguno se entiende.

La “tolerancia” de antaño ha mermado. Hoy los sacrificios no están permitidos porque el amor propio se ha empoderado, ha tomado su valía, ha cobrado vida. Dicen los entendidos, que hoy es más sencillo comprar todo que repararlo, quizá tengan razón, quizá por ello, menos se casen y quienes lo hacen, no permanezcan en el tiempo.

Yo digo que no hay nada de malo en asumir que el amor de tu vida, era el amor de algunos días, meses o años, porque si no lo aceptamos, es posible que lleguemos al final del camino con la sensación de vacío, de frío, sintiéndonos solos de la mano de un castigador, o disfrazando de valentía nuestro masoquismo.

Celebran Bodas de Oro y detrás de las celebraciones existen caminos tortuosos, no difíciles, no complicados, sino de condena, de errores que se saben perdonados pero que re-nacen en los reproches, en ciertas situaciones que no son idénticas pero en algo se parecen.

Y en ese camino de lucha, para volver a empezar, para volver a intentar, están los hijos, allí a la mitad, subestimados por la edad, por su poco entendimiento, por su falta de comprensión porque siendo pequeños las cosas de adultos le debieran quedar grandes, sin darse cuenta que es posible recordar, que los caminos que se hacen en nuestro nombre empiezan a marcar nuestras ansiedades, inseguridades, temores, refugios, y quizá, las próximas razones de nuestros fracasos emocionales.

¿Sirve un núcleo familiar insano pero fotogénico? ¿Tiene sentido un amor de redes sociales aunque por dentro se esté pudriendo? Está bien si el público te hace like y te felicita porque te cree. En lo que no encuentro justicia es en la grabación que haces en el corazón de los niños, les enseñas la normalidad sobre situaciones atroces. Creas víctimas y castigadores. Los niños no pierden a su padre (generalmente no) en la separación, pero pierden fe, pierden paz, pierden el gozo que debería traerles la niñez cuando crecen en un hogar desordenado y agresivo.

Una mujer de casi 50 años me ha dicho, que si se hubiese divorciado sus hijos no serían profesionales, porque ella sola no lo habría hecho posible. Y ella mira con orgullo, lo que yo veo con espanto. Muchachos profesionales con profundas heridas emocionales. Uno de ellos que no controla la ira, y otro que siendo tan joven está cansado de la vida, ambos tienen cartones que aprecian con las mismas pupilas con las que apreciaban los conflictos que diariamente sus padres tenían, que iban desde los insultos, hasta la agresión física.

¿Qué nos merecemos como hijos? ¿Caminos al vacío?

Somos adultos con recuerdos que habríamos preferido no tener, pero tenemos, porque confiaron en que la memoria es como la piel, que envejece, pero no es verdad, todo está allí, dispuesto a despertar.

Los niños de ayer son los de hoy, y sería genial que toda la diferencia que existiera entre el antes y el después, fuese la talla de zapatos que necesitan, pero no, hay más cosas, muchas, muchas que se han filtrado, que tienen y que no se van.

No encuentro sentido en que una mujer o un hombre se quede con quien su hijo necesita, un padre o una madre, por miedo a perder a sus niños o por miedo a exponerlos al divorcio, y sin embargo, los exponen a momentos que no se explican siendo pequeños, pero que recuerdan mientras crecen.

Encuentro tanta responsabilidad en la maternidad o paternidad que me someto al discernimiento sobre la capacidad de criar niños saludables, y casi intactos emocionalmente, y aunque no fuese posible, debería existir un intento consciente, un intento que priorice al niño, que implique ayuda, terapia, valentía. Pero ser valientes para dejar, no para soportar, no para aparentar.

Una ex-niña, hoy casada, que en repetidas ocasiones vio a su padre ebrio golpear a su madre, no tolera de ninguna manera el licor en su esposo. Una niña abusada por su padre a la sombra de su madre, golpea a su hermano porque liga al género masculino a la violencia sexual. Una niña que no cree en el matrimonio porque es un obstáculo de vida, se lo ha  dicho su madre que no se desarrolló profesionalmente porque el padre de la niña le dijo que tenía que dedicarse exclusivamente a la familia.

Hoy, pido porque todo niño sea un día, un adulto feliz, satisfecho, quizá no profesional, pero pleno. Y que todo adulto que lleva heridas de infancia consigo, las reconozca, las acepte, las entienda y no castigue a nadie a través de ellas.

Hoy, este escrito no tiene más sentido que una súplica por los niños en medio de matrimonios conflictivos, usados como una razón para no perder el cuadro familiar, para amenazar o amedrentar a quien desea terminar con una vida insana, con una vida que no es vida.

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