Cree en ti

Cuántos de nosotros somos dueños de nuestras vidas, cuántos de nosotros hemos sido formados para tomar las riendas de nuestros sueños, para correr riesgos, para no sentir miedo cuando todo lo que tenemos por seguro decide abandonarnos, cuando las circunstancias se muestran adversas. ¿Cuántos?

¿De dónde viene la confianza? ¿Quién puede hacernos creer que tenemos la capacidad de hacer posible lo que soñamos?

Que importancia tan grande tienen las personas que son nuestros referentes de vida mientras crecemos, mientras nos formamos, mientras les creemos todo lo que nos dicen porque son nuestros guías, porque son las personas que siempre están, y porque ese “estar” nos regala la idea de un amor incondicional, un amor que nos ayuda a creer que todo lo que desean para nosotros, es bueno; aunque eso implique cortar nuestras alas, obstaculizar nuestras elecciones, decidir nuestras profesiones, mutilar nuestros sueños y someternos a una vida normal, una vida que todos tienen, como negando que somos únicos, extraordinarios.

Tenemos que tener una profesión de universidad, porque una profesión de vida, no sirve. Tenemos que casarnos, porque quedarnos solos es una pena. Tenemos que tener hijos, porque no tenerlos no nos permite desarrollar la capacidad de amar. Tenemos sobre lo queremos, tenemos sobre lo que soñamos, tenemos.

Todos nacemos con alas, pero no en el mismo tipo de jaula, hay algunas en donde podemos desplegarlas, y cuando no, es imprescindible abandonarlas, pero, no siempre es tan sencillo. Menos cuando nos han inyectado el miedo suficiente, menos cuando como hienas están esperando decir: Te lo dije. Entonces mejor no salimos, así nadie nos reprocha nada, así todos están de acuerdo con lo que hacemos, excepto nuestro yo soñador, excepto nuestros anhelos.

Y claro, si los protagonistas de tu vida no confían en lo que puedes hacer, qué podemos esperar de nosotros ¿de dónde vamos a obtener la determinación que necesitamos? Quizá del hastío de hacer lo que no nos gusta, quizá de la sensación de frustración que se apodera de nosotros, quizá de las personas que aunque no son las primordiales, están donde queremos estar y nos regalan la seguridad de que nosotros también podemos tocar la cima.

Entonces creo, que existen dos tipos de personas, las que creen que pueden hacerlo todo, y las que creen que son los demás los que pueden hacerlo todo.

Mi jefe es invidente desde que tiene 6 años, su madre no ha sido compasiva, ni ha creído que su discapacidad lo tenía que escudar de lo que a todos les toca hacer, vivir. Seguro no ha olvidado que tiene limitaciones, pero no por eso le ha dicho que no puede. Hoy tiene 3 hijos, un próspero negocio, una linda familia, entre muchas bendiciones. Es tan independiente que a veces olvido que no puede ver, creo que nos pasa a todos los que convivimos con él. Es más, sonreímos cuando algunas personas nos preguntan ¿no puede ver nada, nada? A su esposa le han llegado a preguntar si duerme con los ojos cerrados o si cuando llora le salen lágrimas, entre miles de cosas que las personas no terminan de creer. Él confía en sí.

Luego está Valeria, a quien conocí en casa de una amiga. Valeria tiene 26 años y está estudiando su segunda carrera profesional, la que tampoco la hace feliz, ella te dice con lágrimas en sus mejías, que no está convencida de lo que hace, pero que tiene una madre dominante e intransigente, que le ha dicho que la realidad dista de lo que sueña, que pintar no le traerá dinero, que el arte no tiene futuro y que por lo tanto se sitúe en lo que debe hacer sobre lo que quiere hacer. Sabe qué es lo que no quiere para su vida, pero no tiene claro lo que sí quiere. Ese dilema la sitúa en el conformismo, pues haciendo lo que le dicen cree que estará más segura que peleando por lo que quiere. Además, es posible asumir que no ha sido fácil, que no se trata de lo que hoy sueña, sino de todo lo que con seguridad no ha podido hacer mientras crecía y todo un camino que a veces puede convertirse en toda una vida. Ella quiere creer que puede, pero le tomará tiempo, después de todo, nunca es tarde. Yo espero, que ella lo sepa.

Y entre miles de historias, la tuya. La que vas haciendo hasta que te alcance la muerte, que puede que no sea extraordinaria para muchos, pero que si te hace feliz, sin dudar, ha sido la historia que tenías que vivir.

Es preciso que dejes de sentir miedo para concretar sueños, para hacer camino. Y si es necesario, vete, vuela, quédate solo pero lleno de satisfacciones porque una vida llena de personas no tiene mucho sentido si no estás feliz contigo mismo.

Empieza a creer en ti  y escribe sonrisas para que cuando otros las lean, sonrían también.

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