Demente

Hoy he visto a un hombre al que llaman demente. Sucio, desgarbado, comiendo restos de comida, perdido sin razones, perdido por alguna razón cierta pero desconocida. Lo llaman loco, le temen, no pasan cerca, no comparten la acera, no comparten nada con él.
Pero después de todo, de los noticieros, de los vídeos, de la delincuencia, de la guerra, yo lo prefiero a él, lo prefiero así, loco, inocente, en un mundo imaginario, con enemigos irreales, rodeado de justificaciones porque no sabe lo que hace. No siente frío, no siente vergüenza porque no puede verse, porque no se nota, porque se ignora así mismo como la gente lo hace, como lo hace la sociedad, como lo hacen todos, como lo hago yo.
Y lo prefiero sobre la gente con consciencia, sobre aquellos que te agreden premeditadamente, sobre aquellos que lo planifican todo para secuestrar a otro, sobre aquellos que te roban la fe, sobre aquellos que creen en las mentiras piadosas.
Hay quienes vociferan en las calles, gritan cosas que no se entienden, que nacen de alguna circunstancia que han vivido y los ha tocado de alguna manera.
Envidio profundamente la fuerza que los domina, su ira contenida, porque aunque también la alcanzo frente a un mundo que se hace trizas, no logro sacarla de mí, la comodidad me apaga completamente, soy parte de una sociedad contra la que me hago rebelde cada día y cada día cuando veo un demente recuerdo que todo lo que sucede afuera mientras no toque mi vida se hace irrelevante, ¡que vergüenza conmigo!
A él y a mí nos persiguen demonios diferentes, los de él existen en su mente, los míos andan por todas partes matando gente.

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