Al final del Camino

Cuando la vida te toca a través de la muerte, puedes notar que la certeza no existe y que la seguridad se desvanece, contabilizas el tiempo perdido e inevitablemente te culpas por cosas que ya no importan porque las personas han dejado de estar.

Si el camino ha sido bueno, te quedará la reconfortante satisfacción de la entrega en cada momento, en cada paso. Soltarás las lágrimas que recogiste cuando te necesitaron y entregarás tus alas para dejarlos ir, para dejarlos volar.

Siguen siendo días difíciles para nuestros hermanos de Ecuador, aún tienen en la memoria: días de terror, de horror, de hambre, de frío. Han pasado del miedo a la tristeza, sus años de trabajo, de sacrificio, han quedado en escombros; yacen entre los cuerpos de sus seres amados, de quienes ya no están, de quienes nunca más estarán, no hay una cama en donde echarse a llorar, no hay un mueble para sentarse a pensar en lo que yo pienso ahora.

Consigues todo a punta de esfuerzo, dejas a la familia, duermes poco, comes a medias, y la vida que dejas de vivir te entrega recompensas que la naturaleza te arrebata, entonces buscas a la familia que no visitas, buscas la comida que dejaste servida, quieres dormir para olvidar y piensas que si pudieras pedir algo, sería tiempo.

¿Cómo se puede ser sensata en un mundo que convive con la locura? Todo está al revés, la gente trabaja por lo que no dura, desperdicia los mejores años de su vida para tener cosas y no recuerdos, para tener lujos y no sensaciones, las personas son lo que tienen y no lo que valen.

Y no, no me ha pasado, pero me ha tocado, no he querido, pero la muerte siempre me hace lo mismo, me opaca, me empuja a re-ordenar mi mundo, a recordar que no importa si lo tengo todo cuando me he perdido yo, que la vida no es importante sino compartimos lo poco que tenemos, que sino entregamos no es posible albergar más porque estamos repletos, que por los momentos oportunos no tenemos que esperar, que se crean, que se inventan, que nacen si quieres, sin peros, sin distancias, sin excusas, sin justificaciones que luego te reprochas y te crean culpas.

He perdido personas porque la muerte las ha abrazado o porque la vida las ha puesto en donde no puedo estar, pero he perdido y perder para volver a intentar está bien, pero perder para siempre ¡qué difícil!

El terremoto se ha llevado a mis desconocidos hermanos, pero hermanos al fin y al cabo, y ayer la leucemia se llevó a quien un día me dio alas para salir de donde estaba, las alas que le he devuelto para que pueda ir a donde desee ir, porque ya es libre de su enfermo cuerpo, porque ya es libre de un mundo lleno de exigencias sobre cosas sin sentido, sobre lo que nos infla el ego mientras asesina nuestra compasión por el dolor ajeno.

He sentido que un suceso ha estado detrás de otro, con la ausente inmediatez que se necesita para amar, pero a veces no estamos prestos por miedo, y cuando nos hacemos valientes nuevamente ya no hay tiempo. Piensa mientras vives, vive mientras trabajas y trabaja en lo que te hace feliz.

No te estoy llamando a vivir en el conformismo, pero si vas a tener ambiciones que no sean a costa de todo, que no sean pisando a otros, que no sea vendiendo tu alma, que no sea cargando culpas, que no sea agachando la cabeza, pero sobre todo que no sean ambiciones que no van a superar la eternidad.

La muerte me ha sumergido por estos días en profundos cuestionamientos, me ha permitido reflotar las razones por las que estoy (por las que aún estoy) y después de eso, es preciso que seguir viviendo tenga un sentido pleno, quiero vivir la vida con la sencillez que se amerita, para que cuando toque perder se tenga que llorar más por las personas que por los bienes, y que para cuando me toque morir, los buenos recuerdos me dejen ir con  la sonrisa que hoy ante tanto dolor no tengo.

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