¡Qué difícil perdonar!

Qué difícil aun sabiendo que es el único camino a la paz, al sosiego espiritual. Y no se trata de falta de voluntad, sino de las heridas que se rehúsan a cerrar.
Sabemos que es preciso dejar que todo fluya, que siga su curso, que pase el tiempo. Lo sabemos, pero no entendemos, lo sabemos pero no encontramos la forma de usar tanto conocimiento en nuestro día a día, en nuestra vida.
El dolor, la ira, el resentimiento comprimen nuestro pecho y hacen estrecha nuestra mente, de modo que los grandes pensamientos (esos que nos impulsan a soltar), no se atreven a pasar.
Nos aferramos y nos enfocamos en venganzas que lo único que nos dan por servido es tiempo perdido. Nos sentimos amados por quien apoya nuestra causa aunque no se vista de justicia, sin darnos cuenta que quien nos ama debería oponerse a todo aquello que le demuestre que está amando a quien no sabe amar, ni perdonar, ni olvidar. ¡Qué miedo!
De medicina no sé mucho, de la vida quizá un poco más. Pero no quiero de ninguna manera que las arterias de mi corazón y de mi alma, se obstruyan con sentimientos que no me ayuden a pensar, a crecer, a soñar, a volar.
Quiero y necesito que todos los músculos cardíacos de mi vida funcionen, entonces elevo oraciones por mí, para ser libre, para vivir sin miedo, para vivir sin preguntarme por qué el pasado ha sido (a veces) mezquino conmigo. Y entonces, el tiempo pasará dejando una gran lección: ES A TRAVÉS DEL PERDÓN QUE HEMOS AMADO A QUIEN NOS HA LASTIMADO.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *